Y entonces Kary dijo:
—Qué envidia tus manos.
Las miré, la vi y le dije:
—Vitamina C, chaparrita, vitamina C.
Sabía que los dorsos de sus manitas estaban llenos de manchas por muchos factores; no se me ocurrió otra cosa más que eso: decirle cuál era el activo que podría ayudarle y que usara protector solar sí o sí.
Mi mamá me había pedido unos meses antes algo para sus manchas, la famosa melasma. Entonces me puse a investigar (ya que tenemos tipos de piel diferentes) y, hasta ese momento, todos mis gastos solo se habían ido en probar productos para piel grasa.
Di con este producto de Garnier porque nada como empezar con productos de farmacia para probar. Garnier, patrocíname.
Le funcionó y seguimos con nuestras vidas.
Gastos. Gastos que muchas veces nos ganan, porque quién no quiere tener su carita en óptimas condiciones.
Desafortunadamente, deben estar presupuestados. Ya sea que estés en el inter de probar productos para ver cuál te funciona a ti, o que ya tengas tus favoritos… aunque sean de farmacia o coreanos (que vendrían siendo lo más top/premium/blabla), deben estar presupuestados. Porque si no, ¡PUM! Tarjetazo salvaje.
Quiero que se den cuenta de que puse “desafortunadamente presupuestados”, porque no hay mejor sensación que comprar y darte tus lujos, consentirte y después sentir el peso de la deuda encima. Es broma: este blog va de salir de deudas, pero las risas no deben faltar.
Cuando estás en la etapa de probar productos para ver cuál te acomoda, no debemos volvernos locos comprando y comprando. Si siguiéramos los consejos de quienes saben de finanzas, este es el punto en el que te regañarían, porque mientras estés en deuda no haces nada, nada de nada. Pero yo soy flexible: hay que aprender a ser moderados y a tener autocontrol.
La moderación se regula diciendo: “Voy a probar este y HASTA QUE NO SE ACABE, no compro otro”.
El autocontrol se activa cuando metes esos productos en el carrito y ahí los dejas. El autocontrol en vivo (no el de AMAZON) se activa al no llevarte tarjetas cuando vas a pasear por ahí.
Siempre hay que dejar pasar un tiempo, un rato, para ver si en verdad es una urgencia o solo es un capricho.
Cuando estás en la etapa en la que ya tienes tus consentidos, tus productos favoritos, hay que presupuestar esos gastos: entran dentro de tus gastos básicos, como la comida.
Si crees que no son básicos, prueba a lavarte la cara con jabón ZOTE o el que usan para las manos y me cuentas.
Para presupuestar, podemos hacer un ejercicio para ver cuánto tiempo pasa entre que comienzas a usar algo y cuando se acaba, para tener un periodo documentado. Aquí sirve estar un poco loca para llevar un registro de estas vainas, pero créanme cuando les digo que funciona.
Para cuidar nuestro dinero debemos hacernos el hábito de rastrear los productos que deseamos. Para ello, nos sirven herramientas tipo extensión del navegador para checar precios/fechas, pero si no le sabes, nada como una tablita con fechas para no tirar tu dinero.
Ahora bien: si estamos pasando por una mala racha o andamos sin jale, siempre debemos tener un plan B para cuidar de nuestra carita. Todos hemos pasado por “no tener para comprar esto o aquello”; ya sea porque éramos niños y nuestros padres no tenían idea de los tipos de piel, de los granos, de la contaminación, de la protección solar y todas esas vainas… y lo que queríamos eran lujos. “Cosas que no necesitas, estás chamaca”, dicen.
O porque: ese primer, que trae bien poquito producto, cuesta ¡¿qué?! ¿Pos qué hace?!
Aquí recomiendo probar productos de gama baja, para que siempre podamos regresar a lo básico sin sentir que, por no usar los mil pasos del skincare coreano, nos van a salir todos los granos del mundo o se nos va a derretir la piel si no uso mi tónico con oro de 100 kilates, ácido hialurónico y manzanilla.
Además, la realidad es que no nos debería importar lo que otros piensen.
Pero seamos realistas: las marcas hacen magia para hacernos sentir que necesitamos todo.
Yo digo que todo con moderación. No nos vamos a morir por no tenerlo, pero no hay sentimiento más bonito que cuando te dicen: “¿Qué te estás poniendo en tu carita? ¡Está bonita tu piel!”.
Y eso, señores, no tiene precio.

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