El carrito de Amazon como trampa de ansiedad (y cómo no volver a la tarjeta)

Mayta 7/08/2026


A principios de junio de 2026 me compré un bloqueador solar para piel grasa que tenía muchísimas ganas de probar. Llegó, lo guardé y, cuando se terminó el bloqueador de la misma marca, saqué el nuevo: era hora de estrenarlo… hasta que me di cuenta de una cosa.

El tamaño.

Saqué de la basura el anterior y vi que era de 100 g. Vi el nuevo y, pum: 50 g. Y yo: What!?

Abrí Amazon y chequé el producto. Por ningún lado había una presentación de 100 g para piel grasa. Me cubrieron nubes de tristeza: ¿por qué demonios no hay de 100 g? Y llegué a la resignación.

Entonces empezó el Prime Day e hice una lista mental de cosas que me encantaría adquirir si tenían descuento. Empezaron las ofertas y metí cosas al carrito, claro que sí. Había de todo, hasta el bloqueador (ni recuerdo el precio). Y me entró la desesperación:

“¿Y si se me acaba?”

“Lo compro ahorita y aprovecho el escueto descuento. Damos el tarjetazo. Es una necesidad. Sí, sí, sí…”.

Pero no.

Veía el total del carrito: la mitad de un mes de trabajo. Había ofertas buenas y eran cosas que quería adquirir. No todas eran ofertas impresionantes, pero eran disque ofertas; solo tenía que darle al botón amarillo y seguir. Total, “solo” es medio mes de trabajo.

Entonces vi lo que llevaba ahorrado, el cansancio del trabajo, mi promesa de ya no endeudarme más y lo que falta para salir de deudas… y cerré la app.

En el pasado ya había liquidado deudas (deudas grandes) y, al rato, volvía a endeudarme a lo pendejo. Y me acordaba de lo que sentí la última vez, y yo:

—¡PANDITA SEA!

Esto no es una oferta: es ansiedad + promoción + tarjeta – falta de dinero.

El dinero no es mío. Es del banco. ¡Detente!

Para alguien a quien no le falta dinero, podrían decir que “no tenemos fuerza de voluntad”. Pero no: estas cosas están diseñadas para que se junten tres factores en tu cabeza: necesidad, promoción y solución.

Punto. Das el tarjetazo y se acabó. El estado de cuenta viene después, y ya tú sabrás cómo resolverlo.

Pero no se trata de pensar en “ya luego veo cómo”. Hay cosas en el presente: objetivos, promesas, eventos, necesidades verdaderas.

¿Quieres ver tu deuda finalizada? Aguanta.

¿Quieres ahorrar para comprarle algo a tu mamá? Aguanta.

¿Quieres ahorrar para tu título? Aguanta.

¿Quieres completar tu fondo de emergencia? Aguanta.

Cada vez que me imagino pagando tarjetas, usando cada centavo de mi nómina, me imagino que estoy tirando el dinero: pasa por mis ojos y se va… se va al estúpido banco. Entonces, dónde está el beneficio de trabajar por un salario.

Cuando estás endeudado, así se siente dar el tarjetazo. Entonces, ahí dejé el bloqueador, junto a todo lo demás.

¿Qué hacer si de verdad lo necesito?

El único consejo no mágico es:

Ir checando la cantidad que llevas usada, calcular el uso diario. Esto no tiene una fórmula matemática simple: es a ojo de buen cubero. Quien lo usa eres tú; tú sabes hasta dónde aguanta.

Para no usar tu crédito: cierra la aplicación y junta lo que cuesta. Mientras se va acabando, vas ahorrando lo que vale y ya no usas tu crédito. O mejor: ya tienes lo que vale y lo puedes liquidar de una.

No les voy a decir que no se compren lo que necesitan, pero sí debemos pensar en todo lo que ya expuse líneas arriba. Véanlo como una especie de mantra.

Varios días después, mi hermana ponía en orden el armario para ver qué le hacía falta. Me enseñó un tubo y me preguntó:

—¿Este para qué es?

Lo vi: era un bloqueador que ya había usado en el pasado, sin abrir. Y yo:

—¡Vainas!

Tenía un tubo de bloqueador y yo ni en cuenta.

El Prime Day ya había pasado. Había logrado no endeudarme con mucha fuerza de voluntad… y el armario me sonrió.

Luché contra el dragón gigante de las ofertas salvajes y salí victoriosa. Si te sirvió, regresa aquí el próximo Prime Day.

Decía Nayeli: “problemas de gente rica”

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